11 de septiembre de 2014

CANCELADA LA MISA DEL DOMINGO 14 DE SEPTIEMBRE

Por causa de fuerza mayor, no será posible la celebración de la Santa Misa este próximo domingo 14 de septiembre, fiesta de la exaltación de la Santa Cruz.

Respecto a los domingos siguientes, se celebrará la Santa Misa en el lugar y la hora acostumbrados.

Les rogamos que se lo comuniquen a todas las personas que pudieran estar interesadas.

17 de junio de 2014

HORARIO DE MISAS

Parroquia de la Santísima Cruz: domingos y festivos a las 11h. 
Calle Padre Huérfanos, 1  46003 Valencia  |  963 91 04 37





FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD





3 de junio de 2014

Reanudadas las misas tradicionales en Valencia

El pasado domingo 30 de marzo de 2014, Domingo Laetare, volvió a celebrarse la Misa tradicional en Valencia. Cuando se cerró temporalmente el monasterio de la Trinidad, algunos de los asistentes a la Misa solicitaron al señor arzobispo de Valencia, Don Carlos Osoro, que proveyera lo necesario para que se reanudara la Misa tradicional que había venido celebrándose estos tres últimos años sin interrupción en esa iglesia.

A principios del mes de marzo Don Carlos Osoro pidió al párroco don José Canet que acogiera en su parroquia esta realidad pastoral. Así que desde la octava de Pascua se ha tenido la Misa, cada domingo, a las 11 de la mañana en la parroquia de la Santísima Cruz, situada en la plaza del Carmen del barrio del mismo nombre. Con gran generosidad por su parte, don José Canet se ha hecho cargo de la mayor parte de las misas tradicionales celebradas en la Santísima Cruz, contando también con la ayuda de don Eulalio Fiestas y abierto a que otros sacerdotes puedan colaborar para mantener la frecuencia de todos los domingos.

25 de enero de 2014

SUSPENDIDA LA MISA TRADICIONAL EN VALENCIA

Debido al traslado de las monjas clarisas al convento de la Puridad y el consecuente cierre temporal del Monasterio de la Trinidad, la celebración de la Santa Misa en la forma extraordinaria del rito romano queda suspendida hasta nuevo aviso. Por lo tanto, mañana domingo 26 de enero ya no se celebrará MisaTambién deseamos informarles de que estamos haciendo las gestiones oportunas para que la celebración pueda retomarse, en este templo u en otro, lo antes posible.

Les rogamos que avisen a todas las personas que conozcan que puedan verse afectadas.

13 de marzo de 2013

Habemus Papam

A las 18.07 GMT, la fumata  bianca anunció al mundo que el 266° sucesor de san Pedro había sido elegido por el Sacro Colegio cardenalicio reunido en cónclave. Poco más de una hora después,  el Cardenal Protodiácono de Roma, Su Emcia. Revma. Jean-Louis Cardenal Tauran, hacía su aparición en la logia vaticana para anunciar a la cuidad y al mundo la noticia  esperada y poner fin a la expectación: «Nuntio vobis gaudium magnum: Habemus Papam. Eminentissimum ac reverendissimum dominum, dominum Georgium Marium Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem Bergoglio qui sibi nomen imposuit Francisci».


Después de unos minutos de espera, el nuevo Papa salió a saludar a los fieles congregados en la plaza de san Pedro e imparte la bendición apostólica.


El nuevo Papa, cuyo lema episcopal es: «'Miserando atque eligendo»

Oremus pro Beatissimo Papa nostro Francisco:
Dominus conservet eum, 
et vivificet eum, 
et beatum faciat eum in terra,
et non tradat eum in animam inimicorum eius.

12 de marzo de 2013

Extra omnes

Hoy, sobre las 15.30 horas GMT ha comenzado la procesión de los cardenales electores desde la Capilla Paulina a la Capilla Sixtina. Al llegar a ella, y tras los preparativos de rigor, con voz enérgica monseñor Guido Marini, Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, ha pronunciado el extra omnes que marca el inicio del encierro. Desde ahora, todos quienes permanecen dentro han prestado previo juramento de secreto. De las elecciones que se sucedan resultará electo el 266° sucesor de San Pedro.  Oremos, pues, con toda la Iglesia por la elección del próximo Papa, pidiendo la unidad a la que nos exhortaba por la mañana el Decano del Sacro Colegio cardenalicio en la homilía de la Misa pro eligendo Romano Pontifice.  


Oración de santa Catalina de Siena para la elección del nuevo Papa

Oh Espíritu Santo, baja sobre los cardenales.
Con Tu poder, atráelos hacia Ti.
Dónales la caridad junto con el temor.
Caliéntalos e inflámalos con tu dulcísimo amor,
para que se dejen conducir por Ti.
Dulce Padre nuestro, dulce Señor nuestro,
ayúdanos ahora, en esta hora de necesidad.
Cristo Amor.
Cristo Amor.
Cristo Amor.
Amén.

Dominica Laetere


El pasado domingo correspondía al cuarto domingo de Cuaresma. Desde antiguo se conoce éste con el nombre de Dominica Laetare, por la primera palabra del Introito tomado del capítulo 66 de Isaías: «Alégrate [Laetare], Jerusalén, y reuníos con ella todos los que la amáis; gozaos los que estáis tristes, para que os alborocéis y os saciéis con los consuelos de sus pechos» (10-11).  Este domingo es como un alegre respiro (Colecta) en medio del espíritu penitencial propio de la Cuaresma.  Los ornamentos pueden ser de color rosa, los altares se adornan de nuevo con flores y se vuelven a oír las armonías del órgano.  Nuestra alegría nace de la espera de los consuelos divinos que acompañan la verdadera penitencia, con la cual queremos purificarnos y convertirnos para vivir con renovada fe la Semana Santa. El Introito hace volver nuestra vista a Jerusalén, cuya romana basílica sirve de iglesia estacional, y que es imagen de la Iglesia que peregrina hacia su morada definitiva, la Jerusalén Celestial (Comunión). Cristo, nuestro Libertador, nos ha hecho hijos de la Ley de la Gracia, representada por Sara, la mujer según la promesa; y no esclavos de la Ley Antigua, representada por Agar, la esclava (Epístola). El Evangelio nos muestra la primera multiplicación de los panes en un prado bellísimo, junto al lago de Genesaret, que precedió como símbolo a la promesa del Pan eucarístico que los catecúmenos y nosotros recibiremos en el banquete de Pascua con fiel corazón (Poscomunión).

Aquí una pequeña selección fotográfica de la Misa celebrada en Valencia: 







4 de marzo de 2013

Oración para la elección del Sumo Pontífice

Oremus. Súpplici, Dómine, humilitáte depóscimus: ut sacrosánctæ Románæ Ecclésiæ concédat Pontíficem illum tua imménsa pietas; qui et pio in nos stúdio semper tibi plácitus, et tuo pópulo pro salúbri regímine sit assídue ad glóriam tui nóminis reveréndus. Per Dóminum nostrum Jesum Christum Fílium tuum, qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancte Deus, per ómnia sæcula sæculórum. Amen.

1 de marzo de 2013

Sede vacante

Jueves, 28 de febrero de 2013, 20.00 horas.
Inicio de la sede vacante
Con la renuncia del Santo Padre al cargo de obispo de Roma, anunciada en el consistorio del pasado 11 de febrero y hecha efectiva ayer a las 19.00 horas GMT (20.00 horas en Italia), ha comenzado el período de sede vacante (canon 416 del Código de Derecho Canónico). Por esta razón, y en cumplimiento de la legislación vigente, a esa hora señalada fueron cerradas las puertas del palacio de Castel Gandolfo y la Guardia Suiza cedió su puesto a la Gendarmería del Estado de la Cuidad del Vaticano, encargada desde ese momento de la seguridad del Pontífice emérito. Paralelamente, el apartamento papal en el Palacio Apostólico vaticano y el ascensor que conduce a él fueron debidamente sellados por el Cardenal Camarlengo. 



Un guardia suizo cierra las puertas del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo

El Cardenal Camarlengo, con la férula que indica su poder temporal,  cierra las puertas de los apartamentos papales en el Vaticano

Durante este tiempo nada se puede innovar en el régimen de la Iglesia universal, dada la falta de su autoridad suprema (canon 335 del Código de Derecho Canónico), y rigen las prescripciones particulares contenidas en la Constitución apostólica Universi Dominici Gregis (2006), con las reformas introducidas por Benedicto XVI en 2007 y 2013. Cesan en sus cargos el Secretario de Estado, los prefectos, los presidentes y los miembros de todos los departamentos de la Curia, con excepción el penitenciario mayor (Su Emcia. Revma. Manuel Cardenal Monteiro de Castro), el cardenal vicario para la diócesis de Roma (Su Emcia. Revma. Agostino Cardenal Vallini), el cardenal arcipreste de la basílica de san Pedro (Su Emcia. Revma. Angelo Cardenal Comastri) y el limosnero apostólico (S.E.R. Guido Pozzo). Permanecen también en sus cargos el sustituto de la Secretaría de Estado (S.E.R. Giovanni Angelo Becciu), el Secretario para las relaciones con los Estados (S.E.R. Dominique Mamberti) y los secretarios de los ministerios vaticanos. No decaen tampoco los nuncios y los delegados apostólicos, por su función de representación diplomática. 

Escudo de armas de
Su Emcia. Revma. Tarcisio Cardenal Bertone,
Camarlengo de la Santa Iglesia Católica
De igual forma, la Jefatura del Estado de la Cuidad del Vaticano es asumida por el Camarlengo (Su Emcia. Revma. Tarcisio Cardenal Bertone), quien no tiene injerencia sobre el gobierno de la Iglesia, y sólo goza de potestad para asegurar que sus instituciones sigan funcionando con normalidad y realicen sus cometidos básicos (canon 428 del Código de Derecho Canónico), especialmente en lo que concierne a los bienes y derechos temporales de la Sede Apostólica y la correcta administración de la misma. Al Camarlengo compete también la destrucción del anillo del pescador, símbolo del poder pontificio, y del sello de plomo con que el Papa sellaba sus documentos oficiales, de los que Benedicto XVI hizo entrega al momento de hacerse efectiva su renuncia. Del gobierno espiritual se ocupa el Sacro Colegio cardenalicio, pero solamente para el despacho de los asuntos ordinarios o de los inaplazables, y para la preparación de todo lo necesario para la elección del nuevo Pontífice. Éste es dirigido por su Decano (Su Emcia. Revma. Angelo Cardenal Sodano), quien preside las congregaciones de cardenales que, reunidas en cónclave, elegirán al nuevo Sumo Pontífice, así como la Mispro eligendo sumo pontífice con que éste se inicia. Las convocatorias para dichas congregaciones comenzaron a ser enviadas hoy, viernes 1 de marzo, por el Decano del Sacro Colegio Cardenalicio (aquí la primera carta). 

Con la elección de un nuevo sucesor de Pedro, concluye la sede vacante. La bitácora Lex Orandi ha publicado dos artículos de interés sobre el período de sede vacante, referidos a las indicaciones litúrgicas para el tiempo que precede y sucede a la elección del Romano Pontífice, y al Ordo Rituum Conclavis. Religión en libertad también trae un artículo de divulgación sobre este tiempo, que debe movernos a la oración para pedir por el nuevo Papa que gobernará la Iglesia. La página web de la Santa Sede dedica un apartado especial a este evento. 
  

El término de un pontificado


A las 19.00 horas GMT (20.00 horas en Italia) de ayer se hizo efectiva la renuncia anunciada por Su Santidad Benedicto XVI en el consistorio celebrado el 11 de febrero pasado. Concluyó así un pontificado de casi ocho años marcado por diversos hitos. Desde esta bitácora agradecemos que entre sus actos más significativos estuviese la promulgación del motu proprio Summorum Pontificum (2007), que otorgó la libertad a cualquier sacerdote para celebrar la Santa Misa de acuerdo con los libros litúrgicos aprobados por el beato Juan XXIII, y que fue posteriormente complementado por la instrucción Universae Ecclesiae (2011). Estamos seguros de que, como era su deseo, la celebración del que fue por siglos el ordo según el cual se practicó la lex celebrandi de la Iglesia ha enriquecido la vida espiritual de muchas personas alrededor del mundo, quienes han conseguido acercarse más al misterio insondable de un Dios que ha querido permanecer con nosotros oculto bajo la apariencia de las especies eucarísticas. 

Desde ayer y por los próximos dos meses, el ahora Papa emérito vivirá en el palacio de Castel Gandolfo. Después se trasladará al monasterio Mater Ecclesiae, erigido por su predecesor al interior de la Ciudad del Vaticano, donde llevará una vida de oración y recogimiento para unirse con más fuerza al Señor, por el bien de toda la Iglesia Universal, durante su última etapa de peregrinación en esta tierra. Desde ya, y antes de que el cónclave dé a conocer el nombre del 266° sucesor de san Pedro, Benedicto XVI ha declarado su reverencia y obediencia incondicional al próximo Papa, recordando con ello que nos es más que el siervo de los siervos de Dios. De esa forma comenzó su último día como Sumo Pontífice, que nos dejó un mensaje de agradecimiento y una llamada a vivir gozosos nuestra fe: «Gracias por vuestro amor y cercanía. Que experimentéis siempre la alegría de tener a Cristo como el centro de vuestra vida».

Como agradecido epílogo, la bitácora Acción Litúrgica recoge dos entradas con algunas de las imágenes que nos dejó Benedicto XVI como Vicario de Cristo (aquí y aquí), así como una selección fotográfica de las Misas celebradas según la forma extraordinaria cuando era Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (aquí). Igualmente, la bitácora Catholicvs ha preparado un resumen de algunos momentos que las lentes pudieron captar durante este breve pero fructífero pontificado (en cuatro partes: I, II, III y IV). En fin, en Messa in latino se recogen las imágenes de los últimos momentos de Benedicto XVI como Romano Pontífice, ya en Castel Gandolgo y antes de que el reloj marcase la hora señalada. 


Quizá la última imagen que veremos de Benedicto XVI

14 de febrero de 2013

Tercera Misa mensual


Para facilitar la asistencia del mayor número de personas que desean participar de la liturgia tradicional hemos decidido organizar una tercera Misa cada mes, que se añadirá a las que se vienen celebrando con regularidad el segundo y cuarto domingo en jornada vespertina. A diferencia de estas últimas, la nueva Misa se dirá a mediodía.

Esta tercera Misa mensual tendrá lugar en una céntrica ubicación: el monasterio de la Puridad (C/ de la Puridad, 1; aquí el mapa), habitado también por una comunidad de franciscanas clarisas, que han acogido muy bien nuestra propuesta, y sito a muy poca distancia de la Plaza de la Virgen.


La Misa correspondiente al mes de febrero será el próximo domingo 17. Oportunamente se avisará de la de cada mes. 

La información ha sido difundida por Acción litúrgica, a la que agradecemos su publicidad.  

Los colores litúrgicos



Los ornamentos del altar, del celebrante y de los ministros deben ser del color propio del Oficio y de la Misa del día o de otra Misa que haya de celebrarse (Rubricarum Instructum, núm. 117). En su origen, y a diferencia de lo que ocurría con las religiones antiguas, la Iglesia no prescribía ningún color especial para los ornamentos, como todavía ocurre con la Iglesia oriental. Fue recién en el siglo XII que comenzaron a dictarse disposiciones específicas, para reflejar también en la indumentaria ministerial y en la disposición del altar el carácter propio de los misterios de fe que se celebran y el sentido progresivo de la vida cristiana a través del año litúrgico (Instrucción General del Misal Romano, núm. 345). Desde Inocencio III (1161-1216), los colores aprobados por la Iglesia Católica latina para las celebraciones litúrgicas son seis: el blanco, el rojo, el verde, el morado, el rosa y el negro (Rubricarum Instructum, núm. 117 y 131; Instrucción General del Misal Romano, núm. 346). Conservan, sin embargo, todo su valor, los indultos y las costumbres legítimas acerca del uso de otros colores, como ocurre en España e Hispanoamérica con el azul respecto de la fiesta de la Inmaculada Concepción (8 de diciembre).

El blanco fue el color más común en las asambleas litúrgicas de los primeros tiempos, por ser símbolo de Dios y de la Verdad Absoluta (Dn. 7, 9; Mt. 17, 2). Representa el gozo, la inocencia, la gloria de los ángeles, el triunfo de los santos, la victoria del Redentor y la alegría festiva de su Resurrección. Se usa en todas las fiestas del Señor; de la Santísima Trinidad; de la Santísima Virgen; de todos los Ángeles, Pontífices, Doctores, Confesores y Vírgenes y, en general, de todos los Santos y Santas que no han padecido el martirio. Es el color prescrito asimismo para las Misas de coronación del Sumo Pontífice, y en los aniversarios de éste y del Obispo diocesano; para las de esponsales; y para las del Santo Crisma y de la Institución celebradas el Jueves Santo.

El rojo expresa el fuego abrasador de la caridad con su esplendor y la sangre de los mártires con su color. Su uso se reserva a las fiestas del Espíritu Santo, de la Santa Cruz y de los mártires, comprendidos los Apóstoles (con excepción de san Juan), y para la procesión y bendición de los ramos de la domínica II de Pasión.

El verde es el color de la esperanza, lo que explica que se utilice durante todo el tiempo después de Epifanía y Pentecostés, que es el período durante el cual la Iglesia militante, guiada por el Espíritu Santo y la acción de sus pastores, peregrina hacia la Casa del Padre. También recuerda el crecimiento de la virtud en el jardín de la Iglesia, que se nutre del encuentro cotidiano con el Pan y la Palabra. Este color se emplea todos los días que no tienen un carácter bien determinado y, por tanto, para los que no está prescrito el blanco, el rojo o el morado, como ocurre con los tiempos antes señalados.   

El negro es la negación del color, que surge dela descomposición del haz de luz que proyecta el blanco. Mienta la nada, el mal, el error y la muerte que sobrevienen cuando el hombre se deja llevar por la rebeldía y se aparta de Dios. Simboliza la acción de Satanás, autor de nuestra muerte por causa del pecado, y su victoria pasajera sobre el mundo. Por reflejo quiere despertar en nosotros un espíritu de penitencia, expiación y dolor, razón por la cual era empleado antiguamente durante el Adviento, desde Septuagésima a Pascua y en la fiesta de los Santos Inocentes. En la forma extraordinaria se utiliza para el Oficio de Viernes Santo hasta la comunión inclusive, y en los Oficios y Misas de difuntos, cuando parece que la muerte se ha impuesto sobre la vida. En la forma ordinaria se puede usar igualmente en esta segunda ocasión allí donde exista la costumbre (Instrucción General del Misal Romano, núm. 346).  

El morado es un color sombrío, tétrico, impregnado de muerte, y por eso siempre ha estado asociado como un símbolo de penitencia, aflicción, expiación y resignación. Se obtiene de la unión del rojo y el azul, por lo que unifica sus simbolismos: el amor verdadero y el amor a la Verdad. Paulatinamente reemplazó al negro durante el Adviento, desde Septuagésima a Pascua, en la comunión y acción litúrgica del Viernes Santo, en las ferias de Témporas de septiembre, en las Misas de Letanías mayores y menores, en las Vigilias y en ciertas Misas votivas.  Es también el color de los exorcistas, de ahí que se usara en la primera parte del rito de Bautismo, en bendiciones, exorcismos y en la Extremaunción.


El rosa es la atenuación del morado, que aminora su austeridad y rigor penitencial. Quiere marcar un anticipo de felicidad y alegría que alimente nuestra esperanza, por lo que su uso queda circunscrito facultativamente para la domínica III de Adviento (Gaudete) y la domínica IV de Cuaresma (Laetere), pero solamente durante la celebración de la Misa dominical (Rubricarum Instructum, núm. 131; Instrucción General del Misal Romano, núm. 346). En estos dos domingos, que toman su nombre de los respectivos Introitos,  el órgano y las flores, prohibidos durante el resto de la estación, vuelen a estar presentes durante la celebración de la Santa Misa, cuyas oraciones nos recuerdan que la verdadera penitencia se ordena a obtener los consuelos divinos y prepararnos interiormente para esos grandes misterios de nuestra fe que habremos de presenciar dentro de unos días. La Iglesia, madre y maestra, quiere darnos un respiro de júbilo en medio un tiempo de penitencia espiritual y corporal, y lo refleja mediante un color que, por su mayor claridad, presagia la fiesta con que celebraremos la Natividad y Resurrección del Señor.


No existe claridad sobre el origen del uso litúrgico de este color. Dada su referencia etimológica con las flores de las variedades rosadas clásicas de los rosales antiguos, hay quien ha intentado justificar su empleo en la domínica IV de Cuaresma con el hecho de que ese día el Papa bendice la rosa de oro, condecoración con categoría de sacramental creada en 1049 por León IX (1002-1054) y que se otorga príncipes cristianos o se ofrece en honor de algún advocación mariana. De hecho, este domingo siempre ha estado asociado con la figura del hijo que reconoce su verdadera maternidad (Epístola, tomada de Gl. 4, 22-31), desde donde se colige su sentido mariano. De ahí que se haya hecho costumbre que ese día los fieles rindan ofrenda a su catedral o que, desde el siglo XVI, sea el domingo en que se celebra a las madres en el Reino Unido e Irlanda. Pero esta explicación deja sin justificar la utilización del color rosa durante el Adviento, salvo por la consideración de que éste fue concebido como un período penitencial paralelo a la Cuaresma y de posterior aparición.     


Excepcionalmente, por la preciosidad de la materia está permitido usar ornamentos de tisú de oro en sustitución del blanco, rojo, verde y morado; y de tisú de plata sólo en reemplazo del primero de esos colores.

Jaime Alcalde



Primera boda según la forma extraordinaria

Tal y como anunciábamos aquí, el pasado sábado 30 de junio se celebró en Valencia la primera boda según la forma extraordinaria en el céntrica e histórica iglesia de San Juan del Hospital. Las fotografías muestran a los contrayentes, Vicente e Inmaculada, cubiertos con el velo y el yugo antes de recibir la bendición final de parte del oficiante, el reverendo don Eulalio Fiestas. De la noticia se ha hecho eco Acción litúrgica y Catholicvs. Desde esta bitácora nos unimos a la alegría de los novios y pedimos al Señor que colme de bendiciones a esta nueva familia. 




25 de agosto de 2012

Fiesta de santa Clara de Asís

El pasado 12 de agosto se celebró la Misa de santa Clara de Asís, por tratarse de su fiesta en el calendario tradicional y por oficiarse en el monasterio de la Santísima Trinidad, de las religiosas clarisas de Valencia. En esta ocasión dijo la Misa el Rvdo. D. Ángel Luis Estecha, de la diócesis de Cuenca.

Dirigida por san Francisco (1182-1226), santa Clara (1194-1253) fundó la segunda Orden franciscana para mujeres (clarisas), de gran austeridad y pobreza, y extensamente propagada en la Iglesia (hoy cuenta con unas 20.000 hermanas alrededor del mundo). Obró en vida grandes prodigios; entre otros, rechazó el ataque de los mahometanos en su convento con sólo presentarles la Sagrada Eucaristía y decirles: «¡No entregues, Señor, a las bestias las alamas que te alaban! ¡Guarda a tus siervas que redimiste con tu preciosa Sangre!». Al finalizar la Misa, fue presentada a la veneración de los fieles una reliquia de esta santa.


Precisamente este año las clarisas celebran un año jubilar por cumplirse el octavo centenario de su fundación, ocurrida el Domingo de Ramos de 1212 (8 de marzo), día en que santa Clara se consagró a Dios según el carisma recibido de san Francisco. Oremos, pues, con su santa fundadora para que el Señor premia con abundantes vocaciones a esta benemérita orden franciscana. 



El altar (IV): la credencia y lo que en ella se dispone


Al lado derecho del altar y contiguo a éste suele estar la credencia, una mesa o repisa sobre la que se tiene a mano lo necesario para la celebración de los divinos oficios. En ella se colocan las vinajeras  y el manutergio, así como la campanilla y la bandeja para la Comunión de los fieles (Rubricarum Instructum, núm. 528). También habrá de reposar ahí, mientras no sea necesaria, la tercera vela, cuando sea costumbre su utilización desde la Consagración hasta la Comunión (Rubricarum Instructum, núm. 530). Usualmente, para guardar la simetría, se dispone otra credencia al lado izquierdo, y en ella se deposita el leccionario en lengua vernácula, el díptico con las preces leoninas, las cerillas, el apagavelas, las despabiladeras y otros objetos similares.

Las vinajeras son cada una de las dos pequeñas jarras con que se sirven en la Misa el vino y el agua que se emplean en la consagración, y que vienen dispuestas sobre un platillo o bandeja. Las vinajeras actuales han reemplazado a las antiguas ánforas que con el nombre de hama o ámula servían para recibir y llevar hasta el cáliz el vino que los fieles ofrecían en la Misa. Con frecuencia eran hermosas jarras de metal ricamente decoradas; otras se hacían de cristal o terracota y, aunque con menor frecuencia, también de ónice u otros minerales. La forma reducida de las vinajeras actuales data, por lo menos, del siglo XII. Para su confección quizá el material más adecuado sea el cristal, porque permite mantenerlas siempre limpias. Conviene que aquella destinada al vino se distinga claramente de la que contiene el agua. El vino que en ella se vierte debe ser natural, del fruto de la vid, y no corrompido (canon 924 § 3 del Código de Derecho Canónico).

En España y en algunos países de Hispanoamérica se usa una cucharilla para añadir una porción de agua al vino dentro del cáliz. Rara vez se observa esta práctica en Italia y en algunos lugares en Alemania. En los países anglosajones también era común el uso de una pequeña cucharilla capaz de contener una sola gota de agua. El origen de esta costumbre se halla en la regla que ordenaba que al vino con que se había de consagrar se añadiese una pequeñísima porción de agua, que quedó recogida en el canon 814 del Código de Derecho Canónico de 1917. Con la promulgación del nuevo código en 1983, el uso de la cucharilla carece de sentido ritual propio. Éste mudó de «modicissima» a «modica» la norma sobre la cantidad de agua a añadir al vino durante la Misa, de suerte que hoy sólo está mandado que el sacrosanto Sacrificio eucarístico se ofrezca con pan y vino, al cual se ha de mezclar un poco de agua (canon 924 § 1). De utilizarse, la cucharilla puede ser de cualquier metal y no requiere bendición alguna.

El manutergio o cornijal es el lienzo con que se enjuga los dedos el sacerdote en el lavatorio de la Misa, que se efectúa con posterioridad a la presentación del pan y el vino y, si cabe, la incensación del altar. En esta operación se emplea la vinajera del agua y un platillo de cristal sencillo. El lavabo con aguamanil es de uso prelaticio, pero extendido en España a todos los sacerdotes.

En su forma más simple, la campanilla es un pequeño instrumento metálico manual, generalmente en forma de copa invertida, que suena al ser golpeado por un badajo, cuya finalidad es llamar la atención de los fieles que participan en la Misa o en otras celebraciones. Las hay más complejas, compuestas de dos o más campanillas de diversas dimensiones unidas por un solo mango, ya dispuestas de forma horizontal, ya verticalmente. Este segundo tipo es preferible, porque produce un sonido más rico y resultan más simples y elegantes de sonar. Si por su tamaño la campanilla no puede dejarse sobre la credencia, reposará del lado de la Epístola sobre la grada más baja del altar.

Dado que está prohibido el toque de cualquier campana desde el Gloria de la Misa vespertina del Jueves Santo hasta el Gloria de la Misa de la Vigilia Pascual, para dar la señal del Sanctus, de la elevación y del «Domine, non sum dignus…» en la Misa in Cena Domini se usa una matraca. Ésta consiste en una rueda de tablas fijas en forma de aspa, entre las que cuelgan mazos que al girar ella producen un ruido grande y desapacible. Se usa también en algunos conventos para convocar a maitines

La bandeja de comunión está ordenada por mandato expreso de la Instrucción Dominus Salvator Noster, de 26 de marzo de 1929, en todas las Misas donde haya comunión de los fieles, salvo las solemnes y pontificales, en las que la rúbrica del ceremonial de obispos y del misal indica que el diácono acompañe al celebrante con la patena del cáliz. En su texto original, la Instrucción pide que sean los fieles mismos quienes sostengan la bandeja bajo el mentón mientras comulgan. Una respuesta ulterior de la Sagrada Congregación de Ritos, contestando una consulta del arzobispo de Tolosa, permitió que sea el acólito quien sostenga la bandeja, como habitualmente ocurre. Esta bandeja se confecciona en plata o en algún metal dorado, sin cinceladura o decoración en su cara interna, y no se dispensa su utilización siquiera por la existencia de mantel sobre el comulgatorio. Su uso sigue siendo obligatorio para la forma ordinaria (Congregación para el Culto Divino, Instrucción Redemptionis Sacramentum, núm. 93).

Jaime Alcalde 

29 de junio de 2012

Valencia: primer matrimonio según la forma extraordinaria


El sábado 30 de junio, a las 12 horas, la iglesia de san Juan del Hospital (c/ Trinquete de Caballeros, 5, Valencia), acogerá la celebración del sacramento del matrimonio y la posterior Misa de bendición nupcial según la forma extraordinaria del rito romano.

Como es una ceremonia muy poco habitual en los últimos tiempos, quizá haya alguien interesado en asistir para conocerla o recordarla. En cualquier caso, aprovechamos para felicitar a los contrayentes, Vicente e Inmaculada, y pedimos una oración por ellos.

Actualización (14/II/2013): Hemos recogido aquí la noticia de la celebración. 

10 de diciembre de 2011

El altar (III): misal, atril, sacras, flores, micrófono

Otro elemento que se prepara sobre el altar es el misal (Missale Romanum), libro litúrgico de rico acabado que reúne todos los textos (ordinario, cantos, lecturas, oraciones, etcétera) e indicaciones rituales y musicales (rúbricas) necesarias para la celebración de la Santa Misa por parte del sacerdote. En la forma extraordinaria se celebra con el Misal promulgado por san Pío V a través de la bula Quo Primum Tempore  (1570), según la última versión dada a éste por el beato Juan XXIII en 1962 (motu proprio Summorum Pontificum, artículo 1°). Tanto éste como los demás libros litúrgicos de la forma extraordinaria han de usarse tal y como son, de suerte que todos aquellos que deseen celebrar conforme a ella deben conocer las correspondientes rúbricas y están obligados a observarlas correctamente en las celebraciones (Instrucción Universae Ecclesiae, núm. 24).

El misal descasa sobre un atril, que es una suerte de soporte inclinado confeccionado en madera o metal y que tiene por finalidad facilitar la lectura del preste. El uso de los atriles sobre el altar comenzó a difundirse hacia finales del siglo XIV. Hasta el siglo IX ejercían este oficio las manos de los acólitos, tanto para el misal como para los dípticos y otros objetos (como todavía hoy respecto de la mitra y el báculo del obispo). Con posterioridad, el misal se hacía reposar sobre una almohadilla de tela más o menos adornada, que fue sustituida por el atril debido a la mayor utilidad que éste prestaba el dejar aquél más levantado y facilitar su lectura. Nada está prescrito por el particular, por lo que la utilización de una u otro es igualmente posible.

El último elemento que preceptivamente reposa sobre el altar durante la celebración de la Santa Misa son las sacras. Se trata de tres pequeños cuadros que se utilizan para agilizar la celebración de la Misa, pues contienen ciertas oraciones del formulario para ayudar a la memoria del celebrante o evitar desplazamientos del misal que podrían afectar el decoro de la función. En propiedad originalmente sólo está mandado que se colocase aquélla que se sitúa en medio del altar (Tabella secretarum); posteriormente se agregó la del lado izquierdo (lado del Evangelio) y más tarde, para guardar la simetría, la del lado derecho (lado de la Epístola). Las tres sacras se quitan durante la Exposición del Santísimo y terminada la Misa (Rubricarum Instructum, núm. 527). En la sacra central se incluyen con una tipografía de fácil lectura las palabras de la consagración, que el sacerdote pronuncia mientras está inclinado sobre el altar con los dones entre sus manos, y también el texto del Gloria, la oración Munda cor meum que recita el sacerdote antes de leer el Evangelio, el Credo, la oración de ofrecimiento de la hostia («Suscipe, Sante Pater…») y varias otras propias del canon de la Misa. La sacra colocada en el lado izquierdo reproduce el inicio del Evangelio según san Juan, que se lee al final de cada Misa después de impartida la bendición sacerdotal (Jn 1, 1-14). Aquella situada al lado derecho contiene el texto de la oración para bendecir el vino y el agua, y aquella tomada del Salmo 25 que recita el sacerdote mientras se lava las extremidades de los dedos después de haber presentado a Dios el cáliz y, si cabe, incensado solemnemente el altar. Estas dos últimas sacras evitan que el sacerdote tenga que prestar atención al misal, que en esos momentos se halla del lado opuesto del altar e incluso, en el primer caso, ya cerrado sobre el atril. 

Cabe hacer notar que en España existe una particularidad litúrgica referida a la disposición del altar. Además de los elementos ya indicados, y tratándose de Misas rezadas, el cáliz puede estar preparado de antemano sobre el altar, con los corporales extendidos bajo él, y el misal abierto y registrado. Incluso se puede verter el vino y el agua en aquél inmediatamente antes del inicio de la Misa, como se hace en el rito dominicano.

El altar se puede adornar también con flores, que son símbolo de alegría, de la vida y de la primavera, con tal de que no se trate de períodos de penitencia o de Misas de difuntos. En cualquier caso conviene observar sobriedad y decoro en este ámbito, por lo que los arreglos florales han de ser siempre moderados, y colocarse más bien cerca de él, que sobre la mesa del altar (Instrucción General del Misal Romano, núm. 305).

Para acabar, conviene referir la situación de los micrófonos durante la celebración de la Santa Misa, cuestión de la que no se ocupan las rúbricas. En la forma ordinaria, en cambio, sí se prevé este aspecto accesorio y se indica que cabe disponer de manera discreta aquello que quizás sea necesario para amplificar la voz del sacerdote (Instrucción General del Misal Romano, núm. 306). Nada impide que en aquélla también se pueda utiliza algún medio de amplificación, siempre que el altar quede sonorizado de modo uniforme y no signifique un demérito en su debida disposición.

 Jaime Alcalde

Misa de la Inmaculada (8 de diciembre de 2011)

Mucho antes de su declaración como dogma de fe, la creencia piadosa en la Inmaculada Concepción de María había arraigado con fuerza en España y sus dominios, donde le fueron dedicados numerosos templos, capillas, ermitas y monumentos. Tal era la importancia de esta devoción, que el rey Carlos III solicitó al papa Clemente XIII que declarase a la Virgen María bajo su advocación de la Inmaculada Concepción como patrona del reino, constituyéndose en su honor la Real y Distinguida Orden del Carlos III, aún vigente, por la que se recompensa a «los ciudadanos que con sus esfuerzos, iniciativas y trabajos hayan prestado servicios eminentes y extraordinarios a la Nación»El definitivo reconocimiento de esta particular devoción mariana de los españoles llegó con la definición del dogma de la Inmaculada Concepción por parte del papa Pío IX, hecho ocurrido el 8 de diciembre de 1854. Desde ese día, todos los católicos del mundo celebran la fiesta litúrgica por la que se afirma que «la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús», teniendo España y sus antiguos dominios de ultramar el privilegio de hacerlo con ornamentos azules. 

22 de noviembre de 2011

El periódico Las Provincias se hace eco de la Misa tradicional

La periodista del periódico Las Provincias, Laura Garcés, publicó el pasado sábado un reportaje sobre la Misa tradicional celebrada el domingo anterior, día 13, para conmemorar el primer aniversario de la celebración regular según la forma extraordinaria en la ciudad de Valencia. Puede leerse aquí

El altar (II): manteles, frontal, crucifijo y candelabros

«El altar, en el que se hace presente el sacrificio de la cruz bajo los signos sacramentales, es también la mesa del Señor, para participar en la cual, se convoca el Pueblo de Dios a la Misa; y es el centro de la acción de gracias que se consuma en la Eucaristía» (Instrucción General del Misal Romano, núm. 296). Este doble carácter del altar, que es a la vez mesa y ara del sacrificio, explica una serie de elementos con que se lo prepara para que la Misa sea celebrada digna y piadosamente. La regla en esta materia es el justo equilibrio entre modestia, elegancia, decoro y reverencia, de manera que sobre el altar no se ponga nada que no pertenezca al sacrificio de la Misa o a su propio adorno (Rubricarum Instructum, núm. 529; Instrucción General del Misal Romano, núm. 305 y 307). Por eso, no conviene abusar de las flores, reliquias de santos e imágenes de los mismos que el Ceremonial de los obispos indica para el ornato del altar en los días de fiestas.

Ante todo, el altar se cubre con tres manteles de cáñamo o lino debidamente bendecidos, de los cuales uno debe ser tan largo que llegue a la tierra por los dos lados (Rubricarum Instructum, núm. 526). Para la forma ordinaria, la exigencia se satisface con un solo mantel (Instrucción General del Misal Romano, núm. 304), pero nada impide que se recubra igualmente con tres. Cuando la parte delantera no está artísticamente acabada, se habrá de disponer también un frontal o antipendio, esto es, un paramento de sedas, metal, madera u otra materia similar con que se oculta y adorna dicha porción de la mesa del altar, que será del color litúrgico del día (nunca negro en el altar reservado al Santísimo Sacramento).

Salvo que el retablo la contenga, en medio del altar se eleva una cruz con crucifijo, que debe ser suficientemente grande para que fácilmente la divisen todos los fieles (Rubricarum Instructum, núm. 527). El crucifijo preside la celebración de la Santa Misa, que es la renovación incruenta del sacrificio redentor de Jesucristo consumado por una vez y para siempre sobre una cruz en el Gólgota. Conviene que aquél permanezca sobre el altar, aun fuera de las celebraciones litúrgicas, para que recuerde a los fieles la pasión salvífica del Señor (Instrucción General del Misal Romano, núm. 308), y el dato ineludible de que los cristianos predicamos a Cristo, sí, pero a Cristo crucificado (1 Co 1, 23), ya que en esa muerte tan dolorosa y vergonzosa se manifiesta el inmenso amor con que amó al mundo, hasta el extremo de dar la vida por la salvación de los hombres (Jn 13, 1). En la forma ordinaria, esta cruz puede estar dispuesta tanto en el altar mismo como cerca de él (Instrucción General del Misal Romano, núm. 308).

Sobre el altar se distribuyen asimismo los candeleros requeridos según la cualidad de la Misa, con las velas encendidas a uno y otro lado (Rubricarum Instructum, núm. 527). En las Misas privadas se encienden dos velas de cera, que en ciertos casos pueden llegar a cuatro si se trata de alguna solemnidad o de una Misa prelaticia. En las Misas cantadas serán cuatro o seis según la costumbre del lugar, y siempre este último número si la Misa es solemne. En la Misa pontifical celebrada por el ordinario del lugar o por un cardenal se disponen siete velas, la séptima ordinariamente detrás del crucifijo, salvo que se trate de una Misa de difuntos. Estas velas nos recuerdan que Cristo es Luz del mundo (Jn 8, 12), y son también un símbolo de la fe, a cuya luz descubrimos los divinos misterios, y de la caridad que debe abrasar nuestros corazones. En la Misa participamos del «misterio de nuestra fe», como repite el sacerdote al consagrar el vino. Por eso, si nuestras lámparas no están encendidas, como no lo estaban aquellas de las vírgenes necias (Mt 25, 1-13), nos será imposible comprender lo que está sucediendo en el altar, y sólo veremos el desarrollo material de una acción litúrgica.
Durante el tiempo pascual se ubica en el presbiterio, hacia el lado izquierdo del altar, el cirio propio de este tiempo montado sobre un candelabro adaptado para tal efecto, el que se enciende durante las celebraciones litúrgicas desde la Vigilia pascual hasta la Ascensión.

Antiguamente, antes de la Consagración mandaban las rúbricas que se encendiese otra tercera vela, que ardería hasta la Comunión. Se toleraba el uso de prescindir de ella, pero el ordinario podía exigir el cumplimiento de las rúbricas. En la revisión de 1960, esta exigencia desaparece y se señala simplemente que la costumbre de encender dicha vela adicional se ha de conservar ahí donde exista (Rubricarum Instructum, núm. 530). Por lo que atañe a España, esta costumbre era cumplida a través de una vela dispuesta en una palmatoria, que estrictamente es un privilegio prelaticio, aunque aquí había sido extendido a todos los sacerdotes. La palmatoria se enciende en la credencia tras sonar el Sanctus y se coloca sobre el lado derecho de la mesa del altar, paralela al corporal y no muy lejos de él; se lleva para la comunión acompañando al Santísimo, a menos que haya ceroferarios; si hay dos acólitos, el de la izquierda lleva la palmatoria; si es sólo uno, con la derecha sostiene la patena de comunión y con la izquierda coge el mango de la palmatoria, colocando el extremo sobre el ángulo del brazo derecho. Los prelados usan palmatoria toda la Misa, al lado del misal.

Jaime Alcalde

4 de abril de 2011

El altar (I): altar fijo y altar portátil

El altar tiene un lugar preponderante dentro las cosas materiales dedicadas al culto, porque es el centro al que converge toda la fábrica de la iglesia y la sagrada mesa donde el sacerdote celebra el sacrificio eucarístico. Por eso, no resulta extraño que la Iglesia le tribute honores soberanos, como símbolo de Cristo, Piedra Viva de nuestra fe (1Pe 2, 4; Ef 2, 20), e imagen de aquel altar celeste en que, según las visiones del Apocalipsis, Aquél sigue ejerciendo perpetuamente por nosotros las funciones de su eterno sacerdocio (Ap 8, 3-4).

Con la paz de Constantino, el altar cristiano consolida tres características con la que se continúa distinguiendo: (i) abandona la madera y se construye preferentemente con materiales sólidos (piedra, mármol, metales preciosos); (ii) se fija de manera estable al suelo; y (iii) se asocia, por lo regular, a las reliquias de algún mártir o santo (reemplazadas después por tres hostias consagradas).

La antigua disciplina de la Iglesia latina que asociaba a los mártires con el altar (Ap 6, 9), estuvo en vigor hasta la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II. Hasta entonces, para que se pudiera consagrar lícitamente debía poseer en la mesa un sepulcro, esto es, una pequeña hendidura con las reliquias de algunos santos, de las cuales por lo menos dos habían de ser mártires. Estas reliquias adora el sacerdote al subir al altar después del Confíteor, y otra vez al regresar al centro, terminado el Lavábo. Hoy se recomienda que esta costumbre se observe oportunamente, siempre que conste la autenticidad de las reliquias (canon 1237 del Código de Derecho Canónico; Instrucción General del Misal Romano, núm. 302).

Los altares se clasifican en fijos y móviles. Altar fijo es una sola piedra que constituye toda la mesa y va unida al suelo con columnas de piedra o con obra de mampostería. Altar portátil era originalmente un ara de piedra ornada con cinco cruces que se colocaba en el centro de la mesa donde se celebraba el sacrificio eucarístico, que debía de ser tan amplia que pudiera caber la hostia y la mayor parte del cáliz (Rubricarum Instructum, núm. 525). En la actualidad se entiende por tal aquel que se puede trasladar (canon 1235 del Código de Derecho Canónico). Ambos altares deben estar igualmente consagrados (dedicado uno y bendecido el otro).

Por la propia destinación de las iglesias católicas y por ser el eje alrededor del cual gira la liturgia, el ideal es el único altar (Instrucción General del Misal Romano, núm. 303), y aquí reside la importancia arquitectónica y simbólica que se le tributa al altar mayor (cánones 1214 y 1235 del Código de Derecho Canónico). Este altar está situado al final de la nave de la iglesia y sobre un área llamada presbiterio. Desde este lugar se proclama la Palabra de Dios, y el sacerdote, el diácono y los demás ministros ejercen su ministerio particular. Se debe distinguir adecuadamente de la nave, bien sea por estar más elevado o cercado con una reja o barandilla, bien por su peculiar estructura y ornato. Ha de ser de tal amplitud que se pueda cómodamente realizar y presenciar la celebración de la Eucaristía.

El altar debe sobresalir del presbiterio y ocupar el lugar que sea de verdad el centro hacia el que espontáneamente converja la atención de toda la asamblea (Instrucción General del Misal Romano, núm. 295 y 299), para permitir que sea visto desde todos los lugares de la iglesia y no impida la participación activa de los fieles en el santo sacrificio. Generalmente está un poco elevado del suelo (al menos por una grada o tarima que lo separe del plano), y unas gradas, por lo regular de número impar, conducen a él. Si no es así habitualmente, siquiera los días de fiesta la grada o tarima sobre la que se sitúa el celebrante debe estar cubierta con una alfombra.

El altar mayor es siempre fijo, de suerte que se construye formando una sola pieza con el suelo y no puede moverse (canon 1235 del Código de Derecho Canónico), y ha de estar dedicado conforme con el ritual establecido en el Pontifical Romano (cánones 1217 y 1237 del Código de Derecho Canónico). Según la práctica tradicional de la Iglesia, este altar es de piedra natural, y además de un solo bloque, a menos que la Conferencia Episcopal haya aceptado que pueda emplearse otra materia digna y sólida (canon 1236 del Código de Derecho Canónico). Los pies o basamento para sostener la mesa pueden ser de cualquier material, con tal de que sea igualmente digno y sólido (canon 1236 del Código de Derecho Canónico).

Conviene que el altar mayor esté aislado y, cuando lo está, muchas veces suele estar cobijado por un baldaquino, una suerte templete de cuatro columnas y rematado por una cúpula o dosel plano erigido para resaltar su importancia. Este pabellón destinado a cubrir el altar empezó a utilizarse en el siglo IV y continuó usándose en las basílicas que imitan el estilo de las de Roma y en las bizantinas, probablemente por su conexión con las prácticas de la liturgia oriental. Cuando el altar se hallaba adosado, se sustituía el baldaquino por una especie de dosel de telas o de madera pintada, que desapareció cuando los retablos se hicieron de grandes dimensiones y ricos acabados decorativos.

Cuando el altar tenga una posición aislada, se puede celebrar la Misa cara al pueblo allí donde exista la autorización del ordinario o la actual distribución del presbiterio lo aconseje. A este respecto, la Sagrada Congregación de Ritos sólo prescribió que «en aquellas iglesias en que hay un solo altar no puede construirse éste de tal modo que el sacerdote celebre vuelto hacia el pueblo, sino que debe ponerse sobre el centro del mismo altar el sagrario para guardar la sagrada Eucaristía» (decreto de 1 de junio de 1957). Para la forma ordinaria, la Instrucción General del Misal Romano dispone la construcción de un altar mayor separado (núm. 299). Tratándose de iglesias ya construidas, cuando el altar antiguo esté situado de tal manera que vuelva difícil la participación del pueblo y no se pueda trasladar sin detrimento del valor artístico, se ha de disponer otro altar fijo artísticamente acabado y ritualmente dedicado; y realizarse las sagradas celebraciones sólo sobre él (Instrucción General del Misal Romano, núm. 303).

Jaime Alcalde

Los ornamentos litúrgicos (VI): mantelete, birrete y bonete

El mantelete es una vestidura en forma de capa con dos aberturas para sacar los brazos, que llega un palmo más abajo de las rodillas. A partir de la instrucción Ut sive sollicite, de 31 de marzo de 1969, su uso ha sido reservado sólo a los prelados de la Curia Romana y a los Protonotarios supra numerum. Anteriormente, como símbolo de jurisdicción limitada, era vestido también, en lugar de la muceta, por los obispos cuando se hallaban fuera del territorio de su diócesis.

No se ha de confundir esta última prenda con otra, que se designa por su nombre italiano: el mantellone. Ésta era una vestimenta de etiqueta y ceremonia confeccionada en lana o seda, como un mantelete que llegaba a los pies, a la que se añadían unas cintas o bandas («alas») pendientes de los hombros hasta el suelo. Por ser propia de los prelados menores de la Corte Pontificia, tales como los capellanes y camareros privados del papa, era de color violáceo, aunque no faltaba quien la usara en negro. Fue suprimida implícitamente por el motu proprio Pontificalis Domus, de 28 de marzo de 1968, por el que dicha corte fue transformada en la actual Casa Pontificia, y de forma expresa a través de la ya citada instrucción Ut sive sollicite (núm. 20). Los llamados prelados di mantellone, por oposición a los prelados di mantelletta, llevaban incluso en el coro la sotana y el fajín de color violáceo, sin roquete, y sobre aquélla el mantellone con sus curiosas bandas que representan las antiguas mangas perdidas.

Para acabar esta primera serie sobre ornamentos litúrgicos, quedan por referir dos prendas que sirven para cubrir la cabeza de quien las viste y que son una representación de su autoridad.

La primera de ellas es la birreta, que se debe distinguir de otras tres prendas con nombres parecidos, como son el roquete, el birrete y el bonete. El primero nada tiene que ver con el género de los cubrecabezas y corresponde a la vestimenta de dignidad tratada en la hoja anterior. La birreta y el birrete, en cambio, son particularizaciones del bonete, que es una especie de gorra, comúnmente de cuatro picos, usada por los eclesiásticos y seminaristas a partir del siglo XVI, y antiguamente por los colegiales y graduados. Ambos gorros tienen sus orígenes en el pileus quadratus, un tipo de casquete con un cuadrado adosado empleado en la antigua Roma para simbolizar la libertad. Aunque los términos son reconocidos como sinónimos, sobre todo en el ámbito hispano, propiamente se reserva el de birreta para el uso litúrgico y el de birrete para aquel gorro armado en forma prismática y coronado por una borla que llevan en los actos solemnes los profesores, magistrados, jueces y abogados.

La birreta es, pues, un bonete cuadrangular confeccionado en paño, merino o seda usado por los clérigos, que suele tener en la parte superior una borla del mismo color de la tela. Esta es roja para los cardenales, púrpura para los obispos, negra para los sacerdotes y blanca para el papa, los canónicos premostratenses y los abades cistercienses. Los religiosos reemplazan su uso por la capucha propia de su hábito. Su particular diseño dependerá de si la birreta ha sido hecha conforme al modelo romano o al español (caracterizado por sus cuatro picos), predominando actualmente el primero. Con todo, de acuerdo al uso común, se suele reservar la expresión bonete para el diseño español y birreta para el romano, aunque con propiedad el primero corresponde al género más que a una de sus especies.  

Los celebrantes (preste, diácono y subdiácono) llevan puesta la birreta para las procesiones de entrada y salida de la Misa; en aquellas sin presencia del Santísimo Sacramento o de las reliquias de la Pasión, y cuando están sentados en las funciones solemnes. En el coro, los clérigos se cubren con ella mientras permanecen sentados, excepto si está expuesto el Santísimo Sacramento. Por último, en las predicaciones, y salvo la misma excepción anterior, el orador puede ponérselo si es costumbre. Hoy en día, también se suele utilizar por algunos cardenales u obispos cuando celebran un Te Deum ecuménico. Si bien tal costumbre contraviene la instrucción Ut sive sollicite (núm. 6 y 15), su propósito es evitar que a estas celebraciones se les pueda atribuir un sentido eucarístico (cfr. canon 908 del Código de Derecho Canónico). Cabe decir que la birreta forma parte del conjunto de las prendas e insignias eclesiásticas propias de obispos y cardenales, por lo cual han de ir cubiertos por ella si el protocolo civil o religioso exige traje coral. 

La última prenda a la que nos referiremos suele estar asociada a obispos y cardenales, pero puede ser vestida igualmente por sacerdotes y abades. Se trata del solideo, un casquete de seda u otra tela ligera, que usan los eclesiásticos para cubrirse la coronilla desde el siglo XIII. Su nombre proviene del latín soli Deo, esto es, sólo ante Dios, aludiendo a que los sacerdotes se lo quitan únicamente ante el sagrario, en presencia de Cristo sacramentado, y durante la Santa Misa desde el Prefacio hasta después de la Comunión. Es de color blanco para el Papa, rojo para los cardenales, púrpura para los obispos y negro para los sacerdotes.


Jaime Alcalde